May 09

En la empresa en la que yo laboraba cada quien tenía su propia historia sobre cómo había muerto el dueño anterior.

Las leyendas eran muchas. Una de las más recurrentes era que se había suicidado por presiones laborales, subiendo a la azotea y aventándose al vacío. Otra decía que su esposa lo había descubierto en un amorío con “Lupita”, su asistente personal.

Lo cierto es que nadie se atrevía a entrar solo al elevador a la hora de la salida, ya que decían que el alma de Gustavo Zárate se aparecía allí.

Por desgracia, un día mi jefe me dejó como encargado de un proyecto y tuve que salir pasadas las ocho de la noche. Como tengo problemas de espalda y mi área de trabajo se ubicaba en el octavo piso, mi única solución para bajar hasta el estacionamiento era utilizar el ascensor.

En cuanto entré ocurrió una falla eléctrica dejándome atorado entre piso y piso. En lo que esperaba a que llegara la ayuda, una voz me repetía una frase:

“Lupita tiene el fistol, Lupita tiene el fistol”.

No fue extraño que no sintiera temor, pues sabía por todas las leyendas que había escuchado a lo largo de mi vida, que en algunas ocasiones estas apariciones no encuentran su “descanso” hasta que resuelven un asunto en particular.

Al día siguiente, me le acerqué a Lupita y le dije:

- ¿Dónde tienes el fistol de don Gustavo?

La mujer palideció inmediatamente y comenzó a gritar como una desquiciada:

- Ya no puedo seguir callando más la verdad, yo lo maté, yo lo maté.

- ¿A quién? ¿Por qué? Pregunté.

- A Gustavo, me dijo que se divorciaría de su mujer pero eso no fue más que una mentira. Esperé cinco años para que tomara una decisión. Al final me di cuenta que ese día no iba a llegar.

Llamamos a la policía y ella no opuso resistencia. Al poco tiempo, cerraron la compañía y todos quedamos desempleados.

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